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Niña bien nacida



 

 

Ay niña, quién me iba a decir que me iban a quitar al hombre. Tienes que cuidarte mi niña porque las mujeres podemos ser malas, pero malas de verdad. Si siempre me tuvo muina la Lola, desgraciada, no te creas nunca la quise. Si me miraba con el ojo chueco, y ah como me hizo la vida de cuadritos cuando viví con ella y la Paca, mi madre. Pero si no hubiera sido así no estarías aquí conmigo mi niña linda. Mira que rechula eres, que bueno que saliste a los de acá y no a los de allá. La Paca era bien fea, con los pelos todos lacios y sucios, y el delantal siempre chueco. Ya sé que es malo pero cuando se es vieja se da uno cuenta de que nada de eso importa. No la quería a la Paca, por fea y sucia y porque me metía unas tranquizas brutales. Ella tampoco me quería, eso de que una debe querer a su prole es purita mentira inventada por la iglesia. Uno o quiere o no, sea tu prole o no y a mi la señora que me parió nunca me quiso. Mucho tiempo me dolió; ya no. Y la Lola le seguía la corriente en todo, y me hacían la vida de cuadritos, si sólo era dos años mayor que yo, pero igual a la Paca, aunque no fea, la Lola estaba linda quien sabe de quien era hija, nunca nadie la reclamó como a mi. Y en el pueblo decían que la Paca le abría las piernas a quien le hiciera ojitos, entendí mucho después que decían.

 

En ese entonces vivíamos en un cuartucho con piso de tierra, todos arrimados afuera de la Hacienda de Totolapan. La Lola era sirvienta en la Hacienda y nos dejaban vivir ahí. Éramos hartos: el Miguel (que cómo le dolió cuando me fui), Fito, y Luis. La Paca, La Lola y yo: Elena. Pero en ese entonces era la escuincla esa. Nunca nadie me decía por mi nombre, si hasta creí que me llamaba escuincla. Por eso cuando llegó un hombrezote como nunca había visto y me saludó y me dijo Elena, vengo por ti, que me lanzo a correr del purito susto, si tuvieron que ir por mi al monte. Y cuando llegué estaban mis trapitos amarrados en la puerta, y la Lola me sacó del cuarto y cerró la puerta. Nunca más me volvió a hablar, ni ella ni la Paca; ni cuando me quitó el hombre se atrevió a hablarme. Dios la tenga en su gloria, supe que murió hace dos años.

 

Ese día, el día que me fui me quitaron la mugre, los piojos y no se cuantas cosas más, me dieron un nombre y un apellido. De ser la escuincla esa pasé a ser la niña Elena Briseño. luego la señorita Briseño iba a ser la Sra. Carranza pero terminé siendo la señora Villegas, tu abuela.  No te creas mi niña, la vida tiene caminos ocultos, y mágicos, ya me vas a entender un buen día. La Sra Ma. Luisa de Briseño me adoptó. Mamá Luisa, así me dijo que la llamara desde que llegué a su casa, me compro hartas cosas: muñecas, vestidos. Yo que no había tenido ni un vestido en toda mi vida, el trapo que traía cuando llegué era de La Lola, de repente tenía de todos los colores y sabores. Con razón me odiaron los del cuarto. Miguelito venía a verme, no lo dejaban entrar. Mamá Luisa era un alma de Dios, pero era recia. Y si te miraba de reojo mejor corrías. Nunca tuvo hijos, mamá Luisa, ni el hombretón aquel que fue por mi y resultó ser mi padre. Un buen día me lo dijo la Nana, me lo soltó así, el patrón se tiró a tu madre y por eso estas aquí. A Dio dije yo pos que la habrá tirado muy duro.

 

¡Ay mi niña lo que uno se va tragando con los años, no sé cómo no se muere uno ahogada! Cuando entendí, quise ver a La Paca, a mi madre pero ya se había ido con otro. Ya La Lola se había fugado y la bola de escuincles se habían desperdigado. Nunca encontré a mi familia; ni a Miguelito mi hermano, que fue el que más quise.

 

Pasé algunos años en la Hacienda de Totoloapan, hasta que me fui para ser una “niña bien”. Cuando se presentó Pedro y dijo que se quería casar conmigo y todos pusieron ojos de plato, si es nomás una niña, tiene 16 años. Mamá Luisa me pregunto si me quería casar, y pos dije que sí, que iba a saber yo, era de veras una niña, y me sonaba rebonito eso de casarse. Y mamá Luisa decidió que lo mejor para mí era irme al convento a aprender a ser toda una mujercita, era lo que toda niña “bien nacida” hacía. Así lo dijo y pensé yo pues que soy ahora ¿media mujercita? Eso me costó a mi buen Pedro, tan simple el pobre, pero cómo me dolió. Con sus ojos verdes y su barba partida, con su mirada tan despistada y ese pelo que nunca se le acomodaba. Sí, me lo quitó para darme en la torre, seguro se le fue a meter en la cama y se empanzonó no más para hacerme llorar.

 

En el convento me enseñaron de todo, desde hacer albóndigas hasta mole; desde cocer punto de cruz hasta bordar florecitas; pero nunca me enseñaron cómo meterme en la cama de un hombre para que no me lo quitaran, eso lo tuve que aprender a la mala, y ya con una niña en brazos me casé con Don Julio Villegas y me hizo una mujer decente. Seguía después de tanto siendo una media mujercita, por no tener hombre.

 

 

Obra: Balthus. El sueño II, 1956-1957. Óleo sobre lienzo, 198 x 198 cm. Colección privada. 


Anitzel Díaz

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