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Flores: la eternidad de lo efímero


 Pertenecen al Museo de Historia Natural de Harvard; son arte, ciencia, belleza y perfección, y son parte de la colección Blaschka, tan reales que en una fotografía no es posible distinguir que se trata de esculturas de cristal: 4 mil 300 modelos que representan 780 especies de plantas.

 

Si la naturaleza tiene 3 mil 800 millones de años de experiencia creando formas de vida que se adaptan a todos los ambientes, pregúntale al planeta, allí están todas las respuestas.

Janine Benyu


 

 

Durante siglos los artistas han observado e interpretado la naturaleza. Una de ellas es Mary Delany, que a los setenta y dos años encontró en un pétalo la permanencia, no sólo de lo efímero, sino de su propio nombre en la memoria histórica. Al reproducir en un recorte de papel una flor, tal como ella la observó en ese momento, la preservó para siempre. 
Delany es considerada como la precursora del collage. Sus obras son reproducciones gráficas minuciosas del mundo natural que la rodea. Usa la precisión del corte como técnica de representación de un motivo tan perfecto como las flores, buscando la representación figurativa hiperrealista, técnica desarrollada para una representación que, tiempo después, pudo solucionar la fotografía. Cientos de pequeños recortes que, en esa época, el siglo XVIII, vivía el auge de la fabricación del papel inglés y la creación de jardines que hasta la fecha son obras de arte viviente.

La observación de la naturaleza ha regalado al ser humano no sólo grandes obras de arte y remedios medicinales, también objetos tan útiles como el velcro, que surgió del estudio de una planta conocida como bardana. Esta lucha por conservar lo perecedero que está en la esencia de la naturaleza es lo que llevó al profesor George Lincoln Goodale de Harvard, en 1886, a comisionar una colección de modelos botánicos hechos de vidrio para la investigación y el estudio.

La colección, el secreto mejor guardado de Harvard, consiste en 4 mil 300 modelos que representan 780 especies de plantas. Fabricados por Leopold y Rudolf Blaschka (padre e hijo), las maravillosas piezas han sido catalogadas por expertos como maravillas científicas, hermosas obras de arte y un nuevo género en sí mismas. “El problema con la colección de flores de cristal es que son demasiado realistas. Cuando son fotografiadas, simplemente parecen plantas”, explicó Donald H. Pfister, profesor de botánica.

Maestros vidrieros y originarios de Bohemia, los Blaschka abrieron museos de ciencias naturales por todo el mundo en el siglo XIX. Leopold, el padre, tenía una fábrica de vidrio soplado donde creaba principalmente bisutería; también incursionó en la fabricación de accesorios para candelabros y artículos de lujo.

La pasión por la naturaleza surgió durante un viaje de Leopold a Estados Unidos, donde descubrió, cuando su barco quedó varado por mal tiempo, la fauna marina. Quedó impresionado por cómo esas creaturas se parecían a lo que él hacía en su fábrica. La transparencia y fragilidad, el movimiento suspendido, la luz que emanaba de ellas. Quedó conmovido cuando fue testigo de la desaparición de esas complicadas creaturas con el paso del tiempo. En sus ratos libres se dedicó a detener ese momento; desde la perfección de una flor en su momento más culminante hasta su decadencia y desaparición. Esa pasión la heredó a su hijo Rudolf.

Una flor está en su mejor momento antes de marchitarse. Los primeros modelos creados por los Blaschka fueron instantáneas perfectas del mejor instante de cada especie que copió. Más tarde incursionarían en la descomposición, y las imágenes que ésta regala de la flora.

Para fabricar cada una de las 4 mil 300 piezas que conforman la colección se modelaron los pétalos, hojas, tallos, espinas, semillas, etcétera, en vidrio de distintos colores y transparencias. Posteriormente se ensamblaron con pegamento y, cuando se requería, se utilizaba alambre fino para reforzar la obra. Un trabajo que fue calificado como “una maravilla artística en el campo de la ciencia y una maravilla científica en el campo 
del arte”.

Hoy la colección se aloja en el Harvard Museum of Natural History y no sólo incluye flores sino también frutos, muchos en proceso de descomposición, como las manzanas, algunas de las cuales han permanecido en el almacén la mayor parte de este siglo y tuvieron que ser restauradas para la exhibición. “A los espectadores les encantan las flores de cristal, pero las frutas hacen que la exhibición sea más dinámica y les da más razones para regresar”, expresa Jennifer Brown, encargada de las flores en el museo.

Lo bello y sutil de estas piezas botánicas siguen asombrando. La maestría en su concepción, materiales frágiles, incluso efímeros como el papel o el cristal, ha preservado la memoria de aquello que envejece y muere.

 Publicado en La Semanal

https://semanal.jornada.com.mx/2023/04/30/un-jardin-eterno-la-permanencia-de-lo-impermanente-anitzel-diaz-2781.html

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