No estudié periodismo.
Estudié otra cosa. Números, tratados, rutas comerciales.
Después leí. Mucho. Y un día empecé a escribir.
No fue una decisión épica.
Fue más bien una insistencia.
Escribo sobre arte. Sobre cultura. Sobre lo que no hace ruido pero sostiene. Me interesa eso que parece pequeño y, sin embargo, nos cambia la forma de mirar.
A veces digo que soy periodista.
A veces sólo digo que escribo.
Llegué por accidente. Me quedé porque no supe irme.
Observo. Anoto. Escucho más de lo que hablo.
En el camino tuve que lidiar con todo tipo de personajes. Con egos, con silencios, con versiones que se contradicen. Escribí todo tipo de textos: algunos luminosos, otros ásperos. Me alejé de la belleza más de una vez para intentar descifrar la realidad. Para entenderla. Para no dejar que me pasara por encima.
He estado frente a personas que crean como si fuera cuestión de vida o muerte. Mi primera entrevista fue con Jonas Mekas. Yo estaba nerviosa. Él no. El mundo siguió girando igual, pero algo en mí se acomodó distinto.
El periodismo tiene eso: te pone en un lugar preciso, en un instante que no se repite. Y tú estás ahí. Apenas respirando para no romperlo.
Ahora es más difícil.
Escribir sobre belleza cuando todo parece fractura.
Hablar de arte cuando la urgencia grita.
A veces siento que me vuelvo transparente.
Que escribir sobre cultura es quedarse al margen de lo que importa.
Pero sigo.
No porque sea valiente.
Sino porque es la única forma que conozco de estar en el mundo.
Aquí estoy.
Sin hacer mucho ruido.
Si alguna palabra mía te acompaña en silencio, con eso basta.
Un abrazo.
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